Drama intimista de producción independiente que habla sobre la reconstrucción personal cuando se ha perdido todo. En
este caso y utilizando la figura clásica del vaquero, el hogar y el medio de
vida, un rancho que desaparecen tras un gran incendio forestal. El
protagonista, obligado a vivir en un campamento temporal -en otros lugares lo
llaman de refugiados- junto a otras víctimas, deberá reconstruir su vida, los vínculos
familiares y su identidad. Narrado en un tono contenido, la película evita el
melodrama y opta por una progresión pausada, basándose en pequeños gestos y
silencios que transmiten el dolor de los personajes sin necesidad de
remarcarlo.
La cámara se detiene en el paisaje devastado, convirtiendo la
naturaleza muerta en un reflejo del estado emocional general. Relación que
recuera a otras películas como Nomadland (Zhao), donde el territorio es mucho más que un escenario. La
interpretación de Josh O'Connor es sobria y equilibrada, alejándose de
cualquier exhibicionismo emocional como ya hiciera en The Mastemind (Reichardt) con esa minimalista y lánguida presencia, con la
que consigue transmitir la complejidad de un hombre en situación límite. Una
reflexión sobre la importancia de la vida comunal, y veladamente sobre el
devenir climático de una sociedad a la deriva.

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