El
director surcoreano fiel a su cita anual -lleva dos décadas estrenando una
película al año dejando el calificativo de prolífico por los suelos- persevera
¡cómo no! en el inconfundible estilo que marca su obra, elevando al cine de
autor a su concepto más extremo, que en el caso de este cineasta se
circunscribe al minimalismo extremo con atención máxima a los detalles,
escenarios interiores sencillos, conversaciones pausadas, uso de cámara
estática y planos fijos con zoom acercándose o alejándose de las personas en
busca de gestos.
Técnica con la que retrata las relaciones humanas, fragilidad
emocional y búsqueda de sentido en los encuentros cotidianos para construir una
reflexión profunda sobre la comunicación y la percepción de la realidad. Los
diálogos ocupan el centro de la narración, la acción resulta secundaria. La
naturaleza: urbana y doméstica, funciona como espejo del estado de ánimo de los
protagonistas y como recordatorio de la fugacidad de la existencia. No falta el
humor sutil, ni por supuesto el exceso de comida y bebida en las alargadas
sobremesas entre momentos de euforia, melancolía y enfados, con los que
situaciones aparentemente insignificantes se convierten en experiencias
cargadas de significado. Cadencia oriental solo para seguidores del Kaurismaki
más duro.

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