La
última visita a la capital de la banda de Buffalo tuvo lugar hace ocho años, lo
hicieron para celebrar el entonces vigésimo aniversario de la publicación de Desert Songs piedra angular en su
discografía al igual que el siguiente All
is Dream con el que regresan para hacer lo propio: conmemorar en este caso
su veinticinco cumpleaños. Dos conciertos separados en el tiempo y lejos uno
del otro en cuanto a concepto y formato. Si en el primero, la puesta en escena
era sobria e íntima como requería el recinto en el que se celebró, el vetusto y
entrañable Teatro Lara con el público sentado -memorable y mágica actuación aún
recordada- , en esta segundo, en sala con el público de pie, se desarrolló por
diferentes cauces y aunque no alcanzó lo sublime, si hubo momentos excelsos de emoción
colectiva.
No
solo el escenario, también el planeamiento fue diferente. Si en aquel, simplemente
un teclado dos guitarras más otra acústica bastaron para hechizar al personal; en
éste, dos teclados centrados en la parte trasera del escenario, flaqueados por
una batería y la guitarra de Grasshopper con el maestro de ceremonias Donahue
entre ellos, fueron las armas sonoras con las que embaucaron al público. Otra
diferencia es que no tocaron el repertorio al completo del disco a celebrar,
como si hicieron con el correspondiente a su anterior visita, algo que no se
echó de menos pues las canciones de Desert
Songs pueden mantener una actuación por sí mismo, pero no tanto All is Drem por lo que ambos trabajos
junto al aún reciente Born Horses
(Bella Union 2024) fueron principales protagonistas.
Con
un aluvión de icónica imaginería pop proyectándose en pantalla, apareció la
figura del Donahue, con sus habituales movimientos y gestos vampíricos, para
afrontar un primer tramo de actuación, con reconocibles e infalibles melodías:
“The Funny Bird”, “Hercules” o “Lincoln‘s Eyes que no acabaron de despegar. La
voz no terminaba de elevarse y la punteada guitarra, muy contenida durante toda
la actuación, no se distinguía demasiado de los teclados, que junto a la
batería fueron los protagonistas. El izquierdo acolchando atmósferas y el
derecho coloreando melodías que funcionaron muy bien como contrapunto a la
contundencia rítmica del bombo, no hizo falta bajo.
Las
tormentosas y ruidosas distorsiones de guitarra no aparecieron esta noche,
quedando relegadas al secundario y noble
oficio del arreglo… pero la monotonía se rompió y la voz se entonó con “She
Cracker” versión de los Modern Lovers de Jonathan Richman, no muy reconocible
con ese tempo tan mercury, sonando
más cerca de la Velvet. También “Dream of Toung Girl as a Flower” ayudó a animar
los solícitos espíritus, con la batería atronando compacta y los teclados como
trascendental capa atmosférica amortiguando los golpes.
Se
acordaron de sus pasadas visitas: las del Aqualung a principio de siglo,
cerrada hace años y que precisamente un par de días antes había sido derribado
el centro comercial que lo albergaba y Donahue más suelto. empezó a conectar
con su palabras y con su interpretación que jugaba en poses según la
iluminación azulada y rojiza del escenario, mientras distintas imágenes se
sucedían en pantalla como si de un onírico cuento se tratara en el que se
sucedían esotéricos capítulos “Tides of the Moon” que sonó misteriosa y dulce
con Donahue jugueteando con una trompeta
de dibujo animado, la aclamada “Goodess on Hiway” eufórica y nostálgica”
“Holes” oscura y redentora, y “Darkness is Rissing” embaucadora y agridulce. Extendidas
estás últimas de forma generosa para
alcanzar la hora y media de lírico hedonismo… una vez más en les espacio que
sea y con los instrumentos que sean.


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