 |
| Foto: Cancho |
Tiene mérito
lo del multifacético artista granadino, no es fácil mantener una coherencia
compositiva y a la vez explorar nuevas formas de expresión sonora sin salir
indemne, pero lo consigue a partir de una perspectiva abierta a la
experimentación, que muta en sus proyectos en solitario al margen de Lagartija
Nick. Lo hizo en los diferentes Multiversos
fusionando la psicodelia y el rock con el éter cósmico y lo logra de nuevo cohesionando
lenguajes
musicales concretados en dos tradiciones cercanas: la música
andalusí y la gnawa marroquí. Siempre inquieto –ya desde el treintagenario
Omega morentiano– buscando; ya sea en la
infinita órbita celeste o en el amplio globo terrestre,y
encontrando, en estudio y en directo, vínculos entre lo ancestral y lo moderno.
En
dicho contexto se presentó en formato trío acústico encabezados por los
promotores del proyecto Mawlid, una tradición subsahariano considerada uno de los orígenes del blues: Antonio Arias
a la voz y el guembri que didácticamente
presentó como instrumento de cuatro cuerdas de tripa de cabra, recubierto de
piel de camello y mástil de madera, lo mismo hizo Moncho Rodríguez (Fandila)
explicando el origen de la mandola: argelino y peninsular, acompañados ambos
por Zeke Olmo: batería y percusión. Como indicó el maestro de ceremonias Arias,
los instrumentos sustitutos de la batería y los electrizados bajo y guitarra.
Definido el proyecto en el
recientemente publicado Mapa del Trance (Montgrí) enlazaron sin pausa «Ciudad sin
Sueño», «La Peregrina» y «Mapa
del Trance» con los que embaucaron al cerca del centenar de asistentes que
ocuparon en torno a la mitad de las butacas del aforo del estupendamente
sonorizado auditorio. Tras el arrebatador inicio Antonio, siempre lúcido y
locuaz, comenzó con sus acostumbrados soliloquios, en este caso más necesarios
si cabe, explicando lo que sonaba. Instructivo y divertido, pues no
faltaron anécdotas lanzadas con su deje
meridional: se enteró de la inexistencia de
jaguares en África después de haber grabado ya «Matar Al Jaguar» una
composición que dejó entrever su origen rockero y oscuro que sintonizó de
maravilla con el proyecto presentado… y contó algunos chascarrillos siempre en
relación a las canciones: «Boabdil el Chico» original de Miguel Ríos o sobre su estancia en Dubai
al hilo de o «Oh Amazigh»… o cuando Antonio conectó, ejemplo sonoro incluido,
la música mawlid con los Stogges.
No
llegaba la media hora de actuación
cuando se encaminó hacia el escenario desde el fondo del patio de butacas,
el trío gnawa de Tetuán
liderado por Arafa
Chaara que con sus exóticas vestimentas, se unieron al resto para en formato sexteto, dotar de mayor
riqueza instrumental el espectáculo, principalmente con el qraqeb
crótalos de hierro tradicionales que no pararon en ningún momento de sonar
junto al resto de cuerdas y percusiones a las que se añadió otro guembri, el de
Arafa. Tras diez minutos en dicho formato. Arais y compañía dejaron solos al
tío marroquí, que afrontó la segunda parte de la actuación, entre ritmos
repetitivos hasta el trance. A pesar de sus intentos, no llegaron a conectar
del todo con el público, pues la mitad del mismo no respondió a la llamada para
dar palmas o hacer coros en sus excesivamente alargando y machacones ritmos…, y
es que el impetuoso ritmo tribal no fue directamente proporcional a la
intensidad emocional vivida en el primer tramo de concierto. Llegaron
finalmente los anfitriones, para despedirse todos, tras hora y cuarto de
actuación, disfrutable en su conjunto en todo caso y diferente a las propuesta
actuales… además de necesario según está el panorama, no solo musical se
entiende.