Producción
norteamericana que el reconocido director define como “una pieza de cámara”… y no le falta
razón al utilizar este término hibrido del teatro y de la música clásica, ya
que la película por un lado se circunscribe a una única localización, un
elegante bar con pianista que de forma explícita rinde homenaje a Casablanca.
Por otro lado se centra en un número reducido de personajes y uno de ellos como
epicentro, y por último el protagonismo de los diálogos frente al aspecto
visual, aunque este elemento también está muy trabajado.
Todo ocurre
incluso en una misma noche en la que el compositor de musicales Lorenz Hart, se
reencuentra con su antiguo compañero Richard Rodgers con quien trabajo durante
25 años y después del estreno de una exitosa obra de este último ya sin Hart,
pues los problemas de este con el alcohol acabaron con la célebre pareja.
La acción la
marcan por tanto dichos diálogos: veloces que recuerdan a Willy Wilder donde la
química entre los intervinientes dota a los mismos de un dinamismo aún mayor.
Frenético en ocasiones, entre el protagonista Lorenz Hart interpretado por un
magnifico Ethan Hawke con el solícito y cómplice barman o los recién conocidos
por el protagonista, un joven pianista y un maduro escritor. También entre una
jovencísima estudiante apadrinada por el protagonista, cuya relación se basa en
confidencias mutuas y por la que siente una atracción más allá de lo terrenal.
Con
dichos elementos y algunos más: monólogos internos, confrontaciones verbales,
el director reflexiona en este drama con tintes cómicos en la mejor tradición
de la época dorada de Hollywood, sobre temas como: el proceso creativo, el
fracaso personal y artístico, la imagen pública proyectada y la interior
privadas, la soledad, el amor imposible, las actitudes autodestructivas. En
definitiva la fragilidad emocional derivada del éxito y del fracaso que hace al
ser humano vulnerable.

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