Si en Meek's Cutoff' o First Cow se reinventaba el western desde un punto de vista
alternativo, en esta se da la vuelta a otro popular género, el de atracos, con
una trama que parte del realismo para mostrar una alegoría sobre la libertad
individual en el marco de la opresora sociedad occidental. Es una
película minimalista, cien por cien su autora: trama sencilla, cotidiana, de de
pequeños gestos y silencios en planos contemplativos con luz natural y sonido
ambiente.
La historia se sitúa en un pequeño vecindario de al inicio de los 70’ en
el que un padre de familia desempleado y aficionado al arte, decide robar
cuatro cuadros del museo local. Para ello improvisa un chapucero plan… y es que
no hay mejor ejemplo de ironía que en su título. A partir de ahí, la trama gira
en torno a la solitaria huida del ensimismado protagonista. La película adopta un
mágico tono crepuscular e íntimo, bajo las existenciales dudas sobre lo que
debe o no hacer y en el contexto del fin del sueño americano tras Vietnam, y es que Reinhardt en cada una
de sus películas parece reconstruir desde un original enfoque la historia
norteamericana. Si se añade la excelente música, del jazzista Bob Masurek y una
escena final con genial guiñó a Chaplin, su visionado se hace, más que
recomendable, imprescindible.

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