Coproducción entre EE.UU y
Australia en forma de película-concierto-documental que homenajea a Elvis en
uno sus mejores momentos interpretativos. Sus actuaciones en Las Vegas entre
1969 y 1976, durante su residencia en el International Hotel. También incluye
material de giras de comienzos de los años setenta y algunas imágenes
anteriores en Hawái en 1957. Totalmente alejado del biopic al
uso como el que el mismo directo dirigiera en 2022 sobre la misma figura de
Elvis, un film predecible y olvidable, en esta ocasión el cineasta australiano
atina utilizando material inédito recuperado de archivos olvidados y restaurado
digitalmente, para construir un retrato vibrante del ídolo, muy alejado de la
caricatura decadente con la que muchas veces se recuerda su última etapa.
Fiel a su estilo barroco y
espectacular, el director convierte cada actuación en una explosión de ritmo,
luces y montaje frenético. Sin embargo, detrás del exceso visual aparece
también un Elvis vulnerable, agotado por la fama y consciente del peso de su
propio mito. La película acierta especialmente
al mostrar los ensayos y los momentos íntimos del artista, donde emerge no solo
la estrella, sino también el músico obsesionado con la perfección. Eso sí,
evita profundizar en los aspectos más controvertidos de la figura del mito,
como su relación con la industria o el general Parker cuya presencia es más
bien anecdótica y testimonial durante breves y anecdóticos instantes.
No hay un análisis crítico pero
funciona como espectáculo hipnótico y emotivo, capaz de devolver al “Rey” la
grandeza escénica ocultada por sus excesos, presentando a un Elvis maduro, el
artista de los grandes conciertos y sus múltiples personalidad: comprometido
con sus actuaciones y canciones preocupado por sus músicos y coristas,
divertido y lisonjeros con las mujeres, y con su icónica unipieza blanca, en
una etapa marcada tanto por su enorme magnetismo escénico como por el desgaste
físico y emocional de la fama.

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