Aforo
completo y gran ambiente en los bares aledaños para recibir a los Durham. El
familiar trío –hermanas y hermano- londinense regresó a la capital tras varios
años de ausencia. Sus vistas fueron habituales la pasada década, coincidiendo
con la publicación de sus discos, pero llevan casi diez años de silencio
discográfico -apenas algunos singles- y sus actuaciones han sido escasas. En
parte por la maternidad de Daisy, pero principalmente por el desgaste provocado
por un proceso compositivo y de grabación artesanal que tras varios años de
trabajo codo a codo -el trío y escasos allegados lo hacen todo- acaba siendo tarea ardua y lenta. Es por eso
que un tanto olvidados por muchos, como el firmante, se les tenía ganas, y se
notó de inicio, tanto en el público, muy diverso en estéticas y edad, como en
los protagonistas de la noche –radiante- que ofrecieron un variado, estimulante
además de divertido repertorio… sin
novedades eso sí, aunque anuncian nuevo disco este año.
Aparecieron
en formato quinteto apoyados, como siempre por su progenitor tocando todo tipo
de cuerdas: acústica, banjo y ukelele y arreglos varios de percusión y Jack
Flanagna –de Mystery Jet y casado con Kitty-
al contrabajo, todo quedó de nuevo
en casa, ya que la madre, habitual en dichas labores, no apareció esta vez en
el escenario. Comenzaron
con «Paan Man Boogie» en modo intro instrumental con Lewis solo al piano de
inicio para continuar en modo rockabilly-blues primitivo y vacilón a dos voces
y con la harmónica vibrando «It Ain’t Your Bussines». Se adentraron después en
los terrenos del ragtime, con el teclado centelleando «(Baby) Hold Me Tide» con
Daisy al glockenspiel -una especie de metalfono- y el “daddy”
al banjo, para a continuación y sin abandonar el animoso y citado sonido,
dotarle de un aire más blusero «Buggin’ Blues» que sonó muy dylaniano. Entre
tanto iban cambiando de instrumentos constantemente, también las voces, no
siempre con los mismos protagonistas que las incluidas en los discos de
estudio, creando un propicio ambiente de vodevil con el que era imposible no
entretenerse ante tal trajín escénico… y sonoro pues después sonó un
rocanrolazo a lo Chuck Bery «Ooo Wee», pero… con mucho swing y es que la original de Louis Jordan
rivalizaba en tiempos con las canciones del pendenciero “padre del rock’n’roll”.
Momento
de transición con «Just One Kiss» un soulero baladón y el medio tiempo «I’m
Coming Home» un country muy trotón. La versatilidad, no solo instrumental sino
sonora, era tal que e adentraron en los sandios del ske bailable «Turkish Deligth», anteriormente lo habían
hecho en cadencia algo más pausada aunque no mucho, que no pusieron mucho
freno, en «Baby bye bye» y al final ¡cómo no! el «Going Up The Country» un
blues rural compuesto hace ¡casi cien años ya! por el pionero del ragg-blues
Henry Thomas, popularizada por los Canned Heat que la impetuosa banda volvió a
pulverizar, sustituyendo la flauta por una desgarrada armónica y piano muy
boggie. En
el bis se dieron un innecesario alarde instrumental en los quince minutos
largos de «Say You All Be My» una jam muy setentera incluida presentación de
los músicos que resultó un tanto excesiva, pues lo que tenían que mostrar, ya
había sido expuesto con creces en las hora y media anterior, un torrente de
rithmanblues añejo, countrybilly, swing, ska… muy bailable y alejado del sonido
retro.



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